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Personas y personajes




Personas y personajes

A Yara Daniela Suárez

Por el hecho de que personas y personajes me constituyan a su antojo, me siento con la autoridad de escribir en torno a quienes hacen posible que se mantenga abierto el telón de la vida, ya que suelo confundirlos, equipararlos y mostrarme condescendiente con sus caprichos. Ahora bien, en estas líneas quiero rendirles tributo.







Ambos, por regla general, tienen nombres que conforman sus modos de ser. Un autor, con el mismo esmero que los padres ponen al elegir los nombres de sus hijos, es celoso al bautizar a sus personajes. Ernesto Sábato decía que si el personaje que estaba creando debía llamarse Alejandra: Alejandra la llamaba… si la llamase Marta o Ester perdería su rasgo característico, su empuje, su yo vital.
Otro aspecto, de suma importancia, es que vienen a representar lo que el destino les deparó. Por ello me detendré un momento en El gran teatro del mundo de Pedro Calderón de la Barca. En esta alegoría El Autor tiene la misión de repartir los papeles y El Mundo, que es el gran teatro, la responsabilidad de prestar los recursos a cada recitante.
El Autor, al hacer el reparto, puede decir con desparpajo: tú serás rey; he ahí tus súbditos, tú serás agricultor; preñarás la tierra, tú serás dramaturgo; crearás personajes a imagen y semejanza de las personas que creo. A lo sumo les queda obrar bien y aceptar, por duro que sea, que ningún papel es deleznable: todos tienen un objetivo clave en la escena.
Una persona requiere asumir personajes. Su pervivencia reside en su capacidad de ser otro… y un personaje precisa del aliento de vida de las personas. Sin ese aliento sería ─ en palabras de Juan Carlos Gené ─ un fantasma literario que vaga como una sombra.
Por último, debo señalar que a diferencia de las personas los personajes no mueren, es más, ni siquiera envejecen… son los únicos seres que pueden sacarle la lengua a la muerte. 

Francisco José Aguiar





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